En un Chile con 8 millones de habitantes, donde todo se hacía por medios análogos, los comandos fueron siguiendo las elecciones a pulso vía telefónica, con papel y lápiz. Con escasez de apoderados de mesa en el bando alessandrista
No lo querían dejar pasar. Un carabinero de guardia del Palacio de La Moneda así se lo hizo saber. Pero Rafael Tarud Siwady no era un hombre que aceptara tan fácil una negativa. Simplemente, corrió al efectivo a un lado y avanzó. “¡Déjeme pasar!”, le dijo haciendo gala de su fuerte carácter, y caminó con paso firme hasta la oficina del ministro del Interior, Patricio Rojas.
Ya era noche cerrada sobre Santiago y los relojes marcaban poco antes de la medianoche. Pero ese día, el viernes 4 de septiembre, se iba a alargar todavía algunas horas más. La gente se arrimaba a cualquier radio o televisor en espera de alguna noticia sobre los resultados de la elección presidencial de 1970. Pero Tarud, ya los manejaba al detalle.
En esa jornada, acaso una de las más célebres en la historia política chilena, compitieron tres candidaturas por hacerse del sillón de La Moneda. Cada quien representaba un sector. El expresidente Jorge Alessandri Rodríguez, por la derecha; Radomiro Tomic Romero, de la oficialista Democracia Cristiana; y en su cuarto intento, Salvador Allende Gossens, desde la alianza de izquierda Unidad Popular. Todos con una historia política. Sus padres habían sido, respectivamente, otro expresidente, un alcalde y un abogado radical y masón.
Desde su aparición en 1957, con un sondeo sobre el lanzamiento del satélite soviético Sputnik, organizado por el director del entonces Instituto de Sociología de la U. de Chile, Eduardo Hamuy, las encuestas de opinión se asentaron en el panorama político. La elección de 1970 no fue la excepción.
Durante el año se presentaron varias mediciones que anticiparon el triunfo de Alessandri con diferentes márgenes. A dos días de los comicios, Gallup le dio al presidente de la CMPC un 41,5%, seguido de Tomic con un 29%. Sin embargo, todas coincidían en un detalle: ningún candidato obtendría la mayoría simple.
Por ello, en los comandos no pocos masticaban la idea de que sería una elección cerrada. “No teníamos la certeza de que don Jorge ganaba, pero sabíamos que estábamos compitiendo con posibilidades de triunfo”, cuenta el exsenador Hugo Ortiz de Filippi, quien con 33 años era presidente de la juventud del Partido Nacional, y fue activo colaborador (ad honorem) en la campaña del “Paleta”.

“No, mi padre nunca me comentó de que tenían certeza de que ganaran, sí que la cosa estaba estrecha, porque estaba Radomiro Tomic por su lado. Nunca se confiaron de que estaba la elección ganada”, cuenta el exdiputado Jorge Tarud, recordando a su progenitor, Rafael, quien era el jefe de campaña de la candidatura de Salvador Allende.
“Las elecciones se ganan cuando se cierran las votaciones, de manera que siempre tiene que haber un margen de esperanza -responde Enrique Krauss, quien tras ejercer como subsecretario de Interior y ministro de Economía del entonces Presidente Eduardo Frei Montalva, tomó el mando de la campaña de Tomic-. Pero todos los antecedentes que iban marcando cuál es la tendencia más real, y todo nos indicaba que no apuntábamos”.
Tres nombres para una historia
Como “estudioso, austero y tenaz”, definió la revista Ercilla en su edición 1.817 publicada en abril de 1970, a Jorge Alessandri, el primero en entrar a la carrera -se inscribió en noviembre de 1969-. Un hombre que a sus 74 años, aceptó la candidatura un poco a su pesar. “Yo lo veía un candidato muy a la fuerza. Creo que él, en su fuero íntimo, siempre tuvo duda de la posibilidad de ganar tan clara que le mostraban sus partidarios -recuerda Alberto Cardemil, quien con 25 años trabajó como subdirector de campaña en Curicó-. Reclamaba mucho, las giras le agotaban, era bien mañoso”.
Pero sus cercanos aseguran que una tragedia familiar golpeó el ánimo del candidato; su hermano Arturo murió en Nueva York, en febrero de 1970. “Había una relación muy estrecha entre los dos. Ese golpe emocional para él fue devastador. Incluso hasta pensó en renunciar a la candidatura -recuerda hoy su sobrino nieto, Arturo Alessandri Cohn-. Cuando fuimos a ver al tío Jorge, estaba abatido. Nos dijo que él iba a ser nuestro abuelo, a ese nivel”.
Aunque las encuestas desde el principio registraron un respaldo a su nombre, con todo, la campaña le resultaba en extremo larga y fatigosa. Simplemente, no tenía el carisma de su padre, el legendario “León”, Arturo Alessandri Palma. Hasta que una noche aciaga golpeó su opción.

Acababa de llegar de una gira cuando grabó su participación en el programa Decisión 70 de Televisión Nacional, al que se había negado a asistir en otra oportunidad. Por ello en el espacio se le vio cansado y hastiado. Con la venia del comando, el capítulo salió al aire. Pero obviaron un detalle que las candidaturas rivales no dejaron pasar: las manos le temblaban cuando tomaba objetos. Para Hugo Ortíz de Filippi, aceptar la participación en esas condiciones fue un error y así lo planteó en la comisión política del Partido Nacional. “Perdimos muchos votos”, asegura.
Por otra parte, Radomiro Tomic se lanzaba a la aventura presidencial con 56 años y una trayectoria en el Congreso (sucedió a Pablo Neruda en el Senado tras su desafuero en 1948) y como embajador de Chile en EE.UU. Fue uno de los fundadores de la Democracia Cristiana y era reconocido por su excepcional oratoria. En su programa -llamado “Tarea del pueblo”- planteaba puntos en común con Allende, como la nacionalización del cobre. Asimismo, proponía la profundización de las reformas iniciadas por Frei.
Pese a las dudas sobre su triunfo, hubo un detalle que le hizo tener algo de esperanza a Enrique Krauss, aunque con mesura. A la concentración final, en Santiago, hubo una concurrencia elevadísima. La gente copó la Alameda desde Plaza Italia hasta la altura de la Plaza de la Constitución.
“Sin duda, esa fue una concentración inflada, porque era una manera de hacer perder el juicio, y yo creo que las dos candidaturas paralelas, la de Jorge Alessandri y la de Salvador Allende, se hicieron presentes ahí y nos incrementaron la vista -recuerda Krauss-. Por lo menos en el comando que yo coordinaba no nos entusiasmamos demasiado, porque había señales que indicaban que esto era inducido”.
Por su lado, el senador y exministro de salubridad, Salvador Allende, debió bregar duro para imponer su candidatura al interior del Partido Socialista y luego en la Unidad Popular, donde incluso compitió el mismísimo Pablo Neruda, por el PC. Había dudas, pero su nombre tenía peso. “Después de Fidel Castro es la figura de mayor relieve del movimiento izquierdista americano y eso explica que por cuarta vez haya sido designado candidato”, detalló Ercilla en el número ya señalado.









