Irma Garcia, maestra por más de dos décadas, era conocida en su familia como una optimista inquebrantable. Hacía bromas en las reuniones en Uvalde, Texas, en las fiestas cantaba sus canciones clásicas de rock favoritas y ayudaba a su sobrino, John Martinez, con la tarea.
“Ella siempre fue una optimista sobre cualquier cosa, y muy amorosa con las personas en su vida”, dijo Martínez, de 21 años, estudiante de la Universidad Estatal de Texas.
El martes, él y su familia se habían reunido para procesar las noticias de las autoridades: Garcia era una de las 21 personas asesinadas —19 estudiantes y dos maestros— en la escuela primaria Robb en Uvalde.
Cuando las autoridades entraron al salón de clases momentos después del tiroteo, dijo Martinez, “encontraron su cuerpo allí, abrazando a los niños en sus brazos prácticamente hasta su último aliento”.
Ella había tratado a sus estudiantes como si fueran sus hijos, dijo, por lo que para sus seres queridos había sido sencillo “imaginarla arriesgando su vida”.
Garcia, o tía Garcia, como Martinez le decía en español, era “como una segunda madre” para sus sobrinos y estudiantes, dijo.
“Ella irradiaba alegría y luz”.
‘Solo quieren que su hermana regrese’
Jailah Silguero, de 10 años, era la menor de cuatro hijos, la “bebé” de su familia, según su padre. Le encantaba ir a la escuela y ver a sus amigos. Le encantaba ir a la escuela y ver a sus amigas. El lunes por la noche, Jailah le había dicho a su padre, Jacob Silguero, de 35 años, que quería quedarse en casa el martes. Era algo poco habitual en ella, y por la mañana, según Silguero, parecía haberlo olvidado. Se vistió y fue al colegio como siempre.
“No puedo creer que esto le haya pasado a mi hija, mi bebé”, dijo.
Y añadió: “Siempre ha sido uno de mis miedos, perder un hijo”.
Silguero y su familia se alistaban para ir a la funeraria el miércoles luego de haber pasado horas el día anterior en el centro cívico SSGT Willie de Leon en espera de recibir noticias de Jailah. Las autoridades le pidieron a la familia una muestra de ADN a través de hisopado.
“Luego de la prueba de ADN me imaginé que era algo malo”, dijo. “Como una hora después llamaron para confirmar que había fallecido”.
Silguero dijo que los hermanos de Jailah estaban muy afectados: “Solo quieren que su hermana regrese”.
Jailah Silguero estaba entre las 21 personas que fueron asesinadas, 19 menores y dos adultos, en la masacre del martes.
Dos primas en una clase.
Jackie Cazares y Annabelle Rodriguez eran primas e iban al mismo salón en la escuela primaria Robb. Jackie, quien hizo su primera comunión hace dos semanas, era la sociable, dijo Polly Flores, quien era tía de Jackie y tía abuela de Annabelle. “Era extrovertida, siempre tenía que ser el centro de atención”, dijo Flores. “Era mi diva chiquita”.
Annabelle, estudiante del cuadro de honor, era más callada. Pero ella y su prima eran cercanas, tanto que la hermana gemela de Annabelle, quien recibía educación en casa, “siempre estaba celosa”, dijo Flores. “Somos una familia muy unida”, dijo. “Es simplemente desgarrador”.
Una niñita que amaba a sus amigos
Amerie Jo Garza era una niña amistosa de 10 años a la que le encantaba la plastilina Play-Doh.
Amerie Jo estaba “llena de vida, una bromista, siempre sonriendo”, dijo su padre, Alfred Garza III en una breve entrevista telefónica. No hablaba mucho de la escuela, pero le gustaba pasar tiempo con sus amigas a la hora de la comida, en el patio durante el receso. “Era muy sociable”, dijo. “Hablaba con todos”.
La familia extendida de Amerie Jo se había reunido cuando los Rangers de Texas les dieron la terrible noticia el martes por la noche.
La pérdida de la familia sucedió luego de perder a varios seres queridos por la COVID-19 en los últimos dos años.
“Apenas estábamos teniendo un respiro, nadie estaba falleciendo”, dijo Garza. “Y luego pasó esto”.
Alfred Garza, quien trabaja en una agencia de autos usados en Uvalde, dijo que estaba en su hora del almuerzo cuando la mamá de Amerie Jo le dijo que no podía recoger a su hija de la escuela porque estaba cerrada por la emergencia.
“Me fui directo para allá y me encontré con el caos”, dijo. Recuerda haber visto que los carros se acumulaban en las calles cuando los padres intentaban entrar a la escuela para buscar a sus hijos. Había patrullas de policía por doquier.
Al principio, dijo, no pensó que nadie hubiera resultado herido. Luego escuchó que habían muerto algunos niños. Durante horas esperó noticias sobre su hija.
“Estaba como en shock”, dijo, luego de escuchar a los Rangers de Texas. Cuando llegó a casa empezó a revisar fotos de ella. “Ahí es cuando como que me solté”, dijo. “Empecé a llorar y a dolerme”.
‘Unía al barrio’
A Eva Mireles, quien tenía cuarentaitantos, le encantaba ser profesora de los niños de la primaria Robb, últimamente estaba en el cuarto grado. Los vecinos la describieron como una persona bondadosa que casi siempre estaba sonriendo.
“Unía al barrio”, dijo Javier Garcia, un vecino de 18 años que vivía en la casa contigua. “Amaba a esos niños”.
Un primo político, Joe Costilla, de 40 años, quien vive al final de la cuadra, dijo que fuera del trabajo, a Mireles le gustaba correr maratones y era muy deportista. “Siempre estábamos juntos, en parrilladas, ella era una persona maravillosa”, dijo, conteniendo las lágrimas. Habían planeado reunirse durante el fin de semana del Día de los Caídos.
La madre de Costilla, Esperanza, corrió a su casa para consolar a sus nietos, de 14 y 10 años, quienes la conocían bien.
“Lo están tomando muy mal”, dijo. “Era el tipo de maestra a la que todos quieren”.
Audrey Garcia, de 48 años, madre de una niña con síndrome de Down llamada Gabby, recordó a Mireles como una maestra que transformó la vida de su hija.
Gabby ya tiene 23 años, y se graduó de la secundaria. Mireles había sido su maestra de tercer grado. Según García, solo un par de años antes fue que las escuelas en el área de Uvalde comenzaron a integrar a los niños con discapacidades mentales en las aulas regulares.
“Era algo nuevo para los maestros de esa zona”, dijo García, y aseguró que Mireles se enfocó en esa tarea. “Usó todos los métodos de enseñanza que conocía para ayudar a Gabby a alcanzar su máximo potencial”, dijo. “Ella nunca subestimó su potencial, al contrario, pensaba que era como el de cualquier otra persona del salón de clases”.
‘Chico duro’
Jose Flores, de 10 años, tenía una camiseta de color rosa que decía: “Los chicos duros van de rosa”. Su abuelo, George Rodriguez, lo llamaba “mi pequeño Josesito” y guardaba una fotografía del niño en su billetera.
Rodriguez, quien también perdió a una sobrina en el tiroteo del martes, asistió a terapia en el centro cívico de Uvalde, pero dijo que le había ofrecido poco alivio del dolor. “Eran niños hermosos e inocentes”, dijo.
En el cuadro de honor
Xavier Lopez, de 10 años, ingresó al cuadro de honor el día que lo mataron. Estaba ansioso de volver a casa y contarles la noticia a sus tres hermanos, pero sus abuelos dijeron que Xavier decidió quedarse en la escuela para ver una película y comer palomitas con sus compañeros.
Recordaron a Xavier como un jugador entusiasta de béisbol y fútbol que tenía una novia en la escuela con la que hablaba por teléfono.
Leonard Sandoval, de 54 años, abuelo de Xavier, estaba afuera de la casa familiar el miércoles intentando hallarle sentido a lo incomprensible. “¿Por qué?“, preguntó. “¿Por qué él? ¿Por qué los niños?”.
‘Un chico especial’
Manny Renfro dijo que su nieto de 9 años, Uziyah Garcia, era “un chico especial” que amaba los videojuegos, el fútbol y le daba alegría a su familia.
“Estoy en duelo”, dijo en una breve entrevista telefónica. “No duermo. No como”.
Cuando las autoridades notificaron a su familia el martes que Uziyah estaba entre las víctimas, su madre “lloró y lloró” y la familia estaba “perturbada”, dijo Renfro.
“Lloré”, dijo. “Era solo un niño típico”.








