A treinta y cuatro años del paso del huracán Gilberto…

«Nos tomó por sorpresa la llegada de Gilberto, impetuosa, violenta, destructiva. Durante años, los huracanes habían pasado de lado o solo nos tocaba la estela de sus vientos. Se decía que durante el proceso de selección de los nuevos polos turísticos, el cual había sido hecho por computadora -no sé de donde sacamos esos datos los primeros cancunenses, pero prometo averiguarlo- a Cancún lo habían elegido los expertos del Banco de México porque era seguro, dada su ubicación geográfica, que nunca entraría un huracán.», compartió Tiziana Roma Barrera en su cuenta de Facebook

La mujer que presenció el fenómeno, comentó que nadie se preparaban para la llegada de Gilberto, fenómeno que salió de Jamaica con categoría 3, dejando gran destrucción a su paso.

«Esa tarde, la del 13 de septiembre de 1988, vi por primera vez en mi vida gente colocando masking tapes en los ventanales de sus casas. Es seguro que los haya juzgado de exagerados, aunque quizá fue eso lo que nos impulsó, a mis hermanas menores y a mí, a lanzarnos a la zona hotelera para tratar de resguardar lo que había de valor en el restaurante de mis papás, Chac Mool, ubicado en una de las playas más bellas de Cancún».

Pasaban las 4 de la tarde y el cielo comenzaba a espesarse de un extraño tinte rojizo, contrastando con las olas que se crecían al golpe de los vientos que empezaban a ser huracanados. El personal hacía malabares para asegurar su fuente de trabajo, nosotras ayudábamos en lo que podíamos y poco entendíamos, comentó Tiziana.

Roma relató que regresaron a casa, en la supermanzana 3, la de los pescados. Antes de la media noche nos quedamos sin luz, aunque el teléfono nunca dejó de funcionar. En algún momento, el viento se puso a chillar como si mil demonios intentaran meterse por entre las ventanas. «Es un sonido que no olvidaré jamás. Mi madre y yo tratábamos de adivinar lo que sucedía allá afuera, muertas de miedo, llenas de incertidumbre.», dijo.

En cuanto se levantó la alerta y los soldados nos permitieron pasar a la zona hotelera, nos fuimos a hacer el recuento de los daños. Devastación por todos lados, muebles flotando en la laguna, árboles desarraigados sin piedad, asombro en los ojos de quienes íbamos en silencio recogiendo el paisaje de destrucción, que contrastaba con la brillantez de un sol esplendoroso, digno de mejor causa. Lo más impactante fue ver la playa, antes de casi cincuenta metros al frente del restaurante, completamente desaparecida.

Mi madre trataba de armar, cabizbaja, ausente, el rompecabezas de piedras y vidrios que había dejado Gilberto. En ese entonces no lo entendía, pero hoy sé que los números rondaban por su cabeza. Meses antes se había vencido la póliza de seguros y ella había dejado para después su renovación.

Tomamos fotos y repartimos con los empleados lo que se pudo salvar del almacén. Mi madre dio instrucciones, cada uno se fue a su casa. Los días que siguieron comimos con disciplina una sopa poco apetecible que preparé con lentejas. No sé por qué, pero solo eso nos llevamos a casa y ese fue nuestro menú durante varios días.

Jamás olvidaré a los vecinos, a nosotras mismas, a los cancunenses valientes y esforzados, los hombres y mujeres que levantaron, piedra por piedra, la ciudad entera.

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