Opinión | Al no felicitar a Biden, AMLO revela que ve mucho de sí mismo en Trump

Por: León Krauze

El sábado 7 de noviembre, luego de que finalmente se anunciara que Joe Biden había ganado las elecciones en Pensilvania, el presidente electo de Estados Unidos comenzó a recibir —como era de esperarse— mensajes de felicitación de líderes mundiales. El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, fue uno de los primeros. El presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, le siguieron poco después. Para el domingo, la lista incluía al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu; al primer ministro de la India, Narendra Modi; y a la familia real saudita, todos ellos con estrechos vínculos con el actual presidente, Donald Trump. Incluso el líder autoritario venezolano, Nicolás Maduro, y el líder designado de Cuba, Miguel Díaz-Canel, opinaron sobre el triunfo histórico de Biden.

También hubo algunas ausencias notorias, como la del ruso Vladímir Putin, quien se abstuvo de comentar de manera formal sobre una contienda que desde hace tiempo es sospechoso de querer influir. Sin embargo, ningún silencio fue más ensordecedor que el de México. En una breve declaración, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), explicó su intención de “esperar que se terminen de resolver todos los asuntos legales”. “El presidente Trump ha sido muy respetuoso con nosotros”, dijo. “No queremos ser imprudentes”.

La renuencia de AMLO de reconocer el triunfo de Biden, validando tácitamente el objetivo de Trump de deslegitimar el proceso electoral, no debería sorprender a nadie. Es el siguiente paso lógico en su relación servil con Trump. A pesar de haber condenado durante mucho tiempo la retórica nativista de Trump —incluso escribió un libro contra Trump durante la campaña electoral mexicana de 2018—, AMLO ha optado por complacer al volátil presidente de Estados Unidos en todo momento, a menudo en detrimento de sus propias promesas de campaña en temas como la inmigración. Para evitar confrontaciones o represalias como la imposición de aranceles, ha cedido a las demandas más descabelladas de Trump, como la militarización sin precedentes de la frontera sur de México o la colaboración del país con la inhumana y controversial política “Permanecer en México” del gobierno de Trump.

En los últimos meses, mientras los problemas electorales de Trump se acumulaban, AMLO se salió de su ruta, literalmente, para ayudarle. En julio, superó su famosa aversión a los viajes internacionales para visitar la Casa Blanca, donde pronunció un discurso en el que comparó a Trump con los expresidentes Abraham Lincoln y Franklin Delano Roosevelt, y le agradeció por ser “cada vez más respetuoso” con los mexicanos en Estados Unidos. Tras esa falta de dignidad, dar crédito a las impugnaciones legales de Trump al proceso electoral en Estados Unidos debería ser una progresión esperada, aunque triste.

Pero hay algo más en juego. Algo más personal.

El lunes 9 de noviembre, durante su conferencia de prensa diaria, AMLO explicó que los gobiernos anteriores habían sido “irresponsables” en el pasado al lidiar con elecciones extranjeras. “Eran muy afanositos, muy entrometidos”, dijo. “¿Qué pasaría si nosotros no respetamos la decisión de otros pueblos y nos metemos en cuestiones internas? Pues ellos van a querer hacer lo mismo con nosotros”.

Es probable que AMLO se esté refiriendo a su propia derrota en unas elecciones muy reñidas. En 2006, después de una intensa campaña electoral, el candidato conservador Felipe Calderón lo venció por un cuarto de millón de votos. Mientras llegaban las llamadas de felicitación a Calderón, AMLO se negó a aceptar la derrota. Clamó fraude y se dispuso a deslegitimar las elecciones. Exigió un recuento de votos. Cuando el proceso no logró justificar sus acusaciones de irregularidades electorales, AMLO se autoproclamó “presidente legítimo” de México y se negó a reconocer a Calderón, calificándolo como “espurio”. Hasta el día de hoy, millones de sus seguidores creen de forma dogmática que a su candidato le robaron una presidencia. AMLO volvería a señalar la misma farsa en 2012, cuando de nuevo se negó a aceptar la derrota ante Enrique Peña Nieto.

AMLO se reconcilió con las instituciones democráticas de México solo cuando el mismo sistema que había denunciado como amañado durante más de una década lo declaró ganador en 2018. En la actualidad, esta dinámica se está volviendo inquietantemente familiar para los votantes estadounidenses. Al igual que AMLO, Trump cree en la democracia solo cuando sale beneficiado. Cualquier resultado adverso es sospechoso, potencialmente fraudulento, ilegítimo.

Dado que comparten una mentalidad narcisista y conspirativa, ¿por qué AMLO le daría la espalda a Trump ahora? ¿Por qué reconocer el triunfo de Biden si, quizás, ya ha optado por creer en las acusaciones de fraude de Trump?

“Nos robaron las elecciones”, dijo AMLO el sábado 7 de noviembre, comparando su derrota de 2006 con el dilema actual de Trump. “Todavía no se terminaban de contar los votos y ya algunos gobiernos extranjeros estaban reconociendo a los que se declararon ganadores”. Al comparar las acusaciones de Trump de fraude electoral con las suyas propias, AMLO ya ha elegido un bando. Biden seguramente se dará cuenta de esto.

FUENTE: The Washington Post

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