Angela Merkel logró que la UE llegara a un acuerdo, aunque sea imperfecto

BRUSELAS — Después de días y noches de tensas negociaciones, los líderes de la Unión Europea (UE) acordaron el 21 de julio un plan de recuperación pandémica de 857.000 millones de dólares que, por primera vez, los comprometió a solicitar préstamos de manera colectiva y distribuir gran parte de esos fondos en forma de subvenciones que no necesitan ser reembolsadas por los países más afectados por el virus, como es el caso de Italia.

Pero después las maratónicas negociaciones —fue la cumbre más larga de la Unión Europea en los últimos 20 años— las concesiones que permitieron que la canciller alemana Angela Merkel, cuyo país ocupa la presidencia rotativa de la UE, guiara a 27 naciones a lograr un consenso se hicieron más evidentes, y ninguna lucía demasiado bien.

Las fisuras en el bloque que Merkel tuvo que reparar fueron múltiples. Había divisiones entre el frugal norte y el sur necesitado que se ha visto muy afectado; pero también de oeste a este, entre Bruselas y las autocracias en ciernes como Polonia y Hungría que han puesto a prueba los límites de los valores democráticos liberales del bloque.

Pero, al final, se consideró que era más peligroso permitir que la crisis provocada por la pandemia empeorara que optar por reducir algunas de las mayores ambiciones presupuestarias del bloque o, incluso, seguir permitiendo los continuos desafíos al Estado de derecho.

Lo que llamó más la atención fue el compromiso al que llegaron el presidente de Francia, Emmanuel Macron, que presionó con el fin de obtener subvenciones a gran escala para los países del sur de Europa como Italia y España, que se han visto más afectados por la pandemia, y el primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte, quien propuso más préstamos que subvenciones, además de exigir reformas económicas estructurales.

Pero la forma en que Merkel aplacó a los primeros ministros de Hungría y Polonia, Viktor Orbán y Mateusz Morawiecki, quizá sea más relevante.

No solo se protegieron y aumentaron sus fondos de Bruselas, a pesar de las frecuentes denuncias sobre el mal uso de ese dinero y los esfuerzos para condicionar la ayuda al cumplimiento del Estado de derecho, sino que la canciller prometió ayudarlos a terminar con las medidas disciplinarias del bloque contra sus gestiones debido a sus presuntos abusos antidemocráticos.

“El primer ministro Orbán me dijo que quiere tomar las medidas necesarias y no quiere que esto quede suspendido en el aire”, dijo Merkel el martes sobre el procedimiento disciplinario que se había iniciado contra Hungría. “Apoyaremos a Hungría”, dijo, “pero, por supuesto, Hungría tendrá que tomar medidas cruciales”.

Es posible que esa concesión, poco comentada, haya sido la que logró el acuerdo, aunque indigne a los críticos que piensan que Bruselas muestra debilidad frente a los abusos de las leyes y los valores del bloque que cometen algunos Estados miembro de Europa Central. Y ese aspecto tal vez sea el más polémico en el Parlamento Europeo, que debe aprobar el acuerdo.

El acuerdo “luce como un desastre para el Estado de derecho”, dijo R. Daniel Kelemen, académico de temas europeos en la Universidad Estatal de Nueva Jersey. “Merkel y Macron estaban decididos a llegar a un acuerdo que demostrara la capacidad de la UE para responder a la crisis, y mostraron estar dispuestos a mantener el flujo de fondos del bloque hacia los gobiernos autocráticos para cerrar el trato”.

Sin embargo, al vincular el fondo de recuperación con el presupuesto planeado para un periodo de siete años, el primero que no incluye al Reino Unido, lograron resolver dos problemas extremadamente difíciles y controversiales. A pesar de todo su desorden, hubo pocas dudas de que lo que lograron para la UE fue revolucionario.

Merkel sabía que el fracaso de las negociaciones socavaría gravemente la autoridad de los nuevos líderes de la propia Unión Europea: el presidente del Consejo, Charles Michel, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, exmiembro del gobierno alemán.

Después de unirse a Macron para apoyar el primer fondo de recuperación por la crisis del coronavirus que se basa en préstamos colectivos, algo que no había hecho antes, trabajó pacientemente hasta conseguir el consenso, entendiendo las necesidades políticas tanto de Macron, cuya visión expansiva para la UE sigue sin cumplirse, como de Rutte, cuyo gobierno pende de un hilo por la presión de líderes políticos que son más tajantes que él.

Macron y Rutte —que a veces lucían enojados, y otras veces se mostraban sensibles— demostraron ser los líderes de los dos grupos contendientes principales, por lo que las conversaciones del fin de semana fueron inusualmente mordaces.

Con la salida del Reino Unido, Rutte y su homólogo austriaco, Sebastian Kurz, han dado un paso adelante para crear un bloque de países más pequeños, conocidos como “los frugales”, que tratan de contener las grandes ambiciones integracionistas de Macron y los países del sur que son más pobres.

Pero, aunque llegaron a Bruselas diciendo que se oponían a cualquier donación directa basada en una deuda colectiva, era obvio que eso sucedería cuando Francia y Alemania comenzaron a presionar.

Entonces, la única tarea, por difícil que pareciera, era negociar un monto y algún mecanismo para controlar el gasto, de modo que todos pudieran regresar a casa con una victoria en el bolsillo.

Francia y Alemania habían propuesto una suma de 500.000 millones de euros en subvenciones; la Comisión tomó esa cifra y le agregó otros 250.000 millones en préstamos; al final, después de una intensa disputa, el saldo fue de 390.000 millones en donaciones y 360.000 millones en préstamos.

Aun así, se trata de una victoria notable para Macron, quien rompió el gran tabú con la creación de una deuda colectiva y ha construido una posible arquitectura para manejar futuras crisis, si los sucesores de Merkel apoyan esa estrategia.

En cuanto al futuro del euro, el elefante en la habitación es Italia (la tercera economía más grande del bloque, según la mayoría de los índices), que se está ahogando en deudas. Italia es una de las economías menos reformadas de la eurozona y una de las más afectadas por el virus.

Entonces, aunque ambos grupos acordaron que Italia debe ser un gran beneficiario de los fondos que no aumentan su deuda de por sí considerable, Rutte y su grupo —que suele incluir a países como Austria, Suecia, Dinamarca y, a menudo, Finlandia— también querían un control riguroso sobre el uso de esos fondos. Además, exigieron que los Estados miembro participen en ese monitoreo, pero no solo a través de la Comisión Europea, que es la burocracia no electa del bloque, porque la consideran débil, y a menudo ciega, ante los abusos.

En el futuro eso podría crear problemas significativos. Pero, por ahora, los Frugales optaron por ser realistas y lograron bajar las cifras, además de obtener alguna forma de monitoreo de los Estados y ser recompensados con mayores reembolsos en el presupuesto.

“A pesar de todo este avance, no debemos engañarnos”, dijo Friedrich Heinemann, jefe del departamento de investigación de ZEW Mannheim, el Centro de Investigación Económica Europea. “La falta de competitividad y las bajas proyecciones de crecimiento en países como Italia no pueden resolverse con transferencias y préstamos de Bruselas. Solo las reformas exhaustivas de los mercados laborales, la administración pública y el sistema de educación e innovación ayudarán”.

Nápoles, Italia, el mes pasado. Italia, la tercera economía más grande de la Unión Europea, es considerado el miembro más afectado por la pandemia de coronavirus.

A otros les irritaron en particular las concesiones para Orbán, que dejan abierta la puerta a futuros conflictos.

“Las sanciones planeadas para los miembros de la Unión Europea que violan derechos fundamentales y el estado de derecho se han diluido hasta quedar irreconocibles”, dijo Daniel Freund, un legislador europeo de Alemania por el partido verde. Al requerir ahora que una mayoría reforzada imponga las sanciones “todo el mecanismo queda inservible”.

Es claro que Merkel decidió que necesitaba más el fondo y “siempre ha sido indulgente con Orbán”, dijo. El resultado, observó, pone a los líderes “en un trayecto de choque con el Parlamento Europeo y vuelve poco probable un acuerdo rápido”.

A pesar de eso, para poder alcanzar un consenso luego del brexit, la UE terminó con un presupuesto más pequeño que elimina o reduce el gasto en algunos proyectos ambiciosos que buscan preparar a Europa para el futuro, como es el caso de la investigación y transición climática, un fondo que fue diseñado para promover el consenso sobre las metas de carbono para 2030 y que fue reducido en un tercio.

A pesar del virus, el proyecto de un fondo de salud desapareció por completo. También hubo reducciones en las propuestas de la Comisión para otras áreas de inversión, política exterior y defensa.

Von der Leyen dijo que había sido “un punto difícil” y dijo que dichos recortes, hechos en búsqueda de un acuerdo, son “lamentables, disminuyen la parte innovadora del presupuesto”

“Todo se trató de un toma y daca, así que las víctimas parecen haber sido los bienes públicos de la Unión Europea, que dan valor añadido para todos”, dijo Jean Pisani-Ferry, economista francés, en un mensaje de Twitter. “El precio del acuerdo parece elevado”.

“Esto no es frugal. Es una estupidez”, escribió en su cuenta de Twitter Henrik Enderlein, economista alemán que dirige la Escuela Hertie de Gobierno en Berlín. Pero también aplaudió el acuerdo más amplio y el fondo de recuperación. “No deberíamos ser frugales en nuestras valoraciones”, dijo. “Esto es histórico”.

Como señaló Enderlein, la cumbre debe ser considerada como un gran avance en un momento de crisis cuando la Unión Europea, ahora sin el Reino Unido, no puede verse como un fracaso. Las peleas europeas sobre dinero y presupuestos nunca son agradables. Pero Merkel, a diferencia de la mayoría de los políticos, entiende que a pesar de todo lo que se dice de la solidaridad europea, la UE solo avanza cuando sus variados líderes convencen a sus votantes de que han dado su máximo esfuerzo por defender los intereses nacionales.

Janis Emmanouilidis, director de Estudios del Centro de Política Europea, comentó:

“El precio de no llegar a un acuerdo habría sido mucho más elevado, posiblemente incalculable tanto económica como políticamente y a nivel nacional europeo y nacional”.

Pero, a pesar de su importancia, el acuerdo no puede ser el último, insinuó al decir: “Seguimos en el inicio de la crisis de la COVID-19”.

FUENTE: The New York Times

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