Opinión

Día del Trabajo… inteligente

Hace 27 años apareció un libro que encendió la alarma sobre el desplazamiento masivo de personal obrero y fuerza laboral de la era industrial: El fin del trabajo, del economista Jeremy Rifkin. Se trataba de la antítesis de la conmemoración del primero de mayo, Día Internacional del Trabajo y de las y los Trabajadores.

La tercera revolución industrial instalaría robots y procesos de automatización en el campo, en las fábricas y en el sector servicios, anunciaba Rifkin, de tal forma que harían del trabajo humano un elemento innecesario, sobrante o de mínima necesidad.

El pronóstico fue utilizado políticamente para neutralizar y chantajear a líderes sindicales, centrales obreras y todo tipo de organización civil que buscaba la defensa y mejora de la clase trabajadora. Después de todo, los robots no tienen derechos laborales.

El vaticinio sobre el fin del trabajo no se presentó en los términos anunciados. Hoy tenemos más personas laborando que hace 25 años. Lo que sí ha provocado la tercera ola, por la brecha tecnológica, es más desigualdad del ingreso mundial, una concentración excesiva de la riqueza en las naciones, dislocación de los mercados regionales, tensiones políticas, mayor conflictividad social al interior de los países y calentamiento global.

¿Esto significa que se debe detener la cuarta ola tecnológica en curso, en la cual la inteligencia artificial, el internet de las cosas, el big data, la banda 5G y la robotización de los procesos productivos y económicos son el nuevo desafío para el trabajo humano?

En lo absoluto. Lo que significa es que la ciencia y la tecnología deben estar al servicio de la libertad, la igualdad, la democracia, la salud, la educación, el trabajo y el bienestar de la humanidad, no al revés.

Para el año 2030, la cuarta revolución tecnológica empezará a generalizarse en nuestra vida diaria. Automóviles eléctricos autónomos, consultas médicas desde el celular, robots dirigiendo el tráfico, aviones sin tripulación vigilando las ciudades, lentes de teletransportación holográfica, entre otras realidades que dejarán de ser ciencia ficción para convertirse en cotidianidad.

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El trabajo no desaparecerá, sólo se ejercerá de otro modo. La manufactura se transformará predominantemente en mentefactura: tu ingreso no dependerá de lo que haces, sino de lo que sabes.

Pero ni los obreros de la metalurgia ni quienes pizcan tomate o pescan en mar abierto se extinguirán. La llamada generación alfa (nuestras niñas y niños de hoy) ejercerán nuevos oficios, nuevas carreras técnicas y nuevas profesiones (pilotearán drones, gestionarán nubes de almacenamiento, serán diseñadores UX, gestoras de comunidad digital, profesionales de machine learning, técnicos en deep learning, nanomédicas, especialistas en e-commerce, etcétera).

Hasta la política y el gobierno se modificarán. Hace cuatro años, Michihito Matsuda, un robot candidato, compitió de manera independiente por la alcaldía de Tama en Japón. Prometió combatir la corrupción y mejores oportunidades de empleo. Quedó en cuarto lugar; centennials y millennials votaron por él. ¿Y qué decir de Sophia, la androide que ya adquirió la nacionalidad saudí?

En conclusión, el trabajo —como la energía— ni se crea ni se destruye, sólo se transforma y genera nuevas realidades.

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